Memorias de Virtual- Primer capítulo

PREFACIO

El anuncio parpadeaba en el monitor.

Buscamos una persona para residir en nuestra mansión y realizar las siguientes tareas: inventario, crítica artística, viabilidad de subasta y posible defensa jurídica ante un caso de falsificación de la colección de arte existente en la casa, más proyecto de reforma arquitectónica del edificio, así como otras tareas que pudiesen surgir.

Sonaba perfecto. El trabajo era pan comido y me daría nuevas posibilidades, dinero, libertad, una vida lejos de esos dos... Pocos minutos atrás habían salido por la puerta, pero la idea de una mansión resultaba más atractiva que la de estrenar aquel minúsculo apartamento. Me inscribí en medio minuto. Sólo había un par de problemas. El primero, que yo estaba indocumentada, al menos hasta que el despistado de Max trajese el documento de identidad, caducado, que nunca tuve que utilizar y que obraba en su poder desde que lo obtuviese cuando yo era un bebé. El segundo, que no podría cruzar el país con la pequeña suma que Estela había dejado sobre la mesa aprovechando un despiste momentáneo del otro. Cerré los ojos desanimada. Perdería una buena oportunidad por culpa, como no, de ellos.
La débil vibración bajo mis pies hizo que los abriera de nuevo a tiempo, por suerte. El coche —en el que me había materializado—, se dirigía directo hacia un acantilado. Mi única lección de conducir en cierto simulador iba a venir bien. Agarré el volante, puse los pies en el lugar correcto y obedecí como una autómata a la señal que indicaba el camino hacia la dirección del anuncio.


CAPITULO UNO


Masas de nubarrones negros flotaban sobre la serpenteante y solitaria carretera de un solo carril, y la distancia hasta el borde del acantilado se podía adivinar gracias a los relámpagos que cruzaban el cielo. Por suerte se trataba de un modelo con cambio automático.
¡Por todos los demonios! ¿Cómo llegué hasta este coche en marcha? ¿Magia... o locura?”
Solté una carcajada nerviosa a la que siguieron un par de lagrimones que empañaron mi visión.
Oh, venga, no es el momento de ponerse a llorar; mueve tus temblorosas manos y sécate esas lágrimas”, ordenó mi instinto de supervivencia.
Cada nueva curva constituía una prueba para mi recién estrenada habilidad conductora, hasta que tras un abrupto giro pude ver aparecer la casa, como salida de una película de misterio o de uno de mis mejores videojuegos, con su impresionante fachada de piedra recortándose contra el oscuro horizonte, bajo los danzarines rayos.
Detuve el coche a pocos metros de la entrada y sentí un estremecimiento, más por miedo a lo desconocido que por efecto del clima, pues aunque el viaje había sido demasiado inesperado como para agarrar un abrigo, no sentía ni pizca de frío, a pesar de la baja temperatura que mostraba el panel del salpicadero. Ya tenía demasiado en lo que ocupar mi mente como para detenerme a averiguar por qué había dejado de ser de repente una friolera crónica. Tal vez de la impresión me había subido la fiebre, o quizá estaba muerta y por eso no sentía algo tan banal y mundano.
Pero no quiero que me malinterpretéis, estimados y desconocidos lectores, puedo bromear acerca de aquello... ahora. Por supuesto que estaba muerta, pero de miedo. Si estuviera en vuestro lugar —y da igual lo acostumbrados que podáis estar a leer novelas de fantasía—, probablemente pensaría que si una cosa así me ocurriese, tendría un infarto o perdería el juicio en el acto. Pero, lo cierto es, y yo no lo supe hasta entonces, claro, que una vez que pasas por una experiencia semejante, de alguna manera, de algún modo, sigues viviendo. Supuse que era el instinto, y al mismo tiempo me observaba como desde fuera de mi cuerpo, maravillada por sentir algo que despertaba en mi interior: una capacidad de autocontrol que nunca había tenido ocasión de poner a prueba.
Bien, ¿y ahora qué? No puedo llamar a la puerta sin una cita previa... ¡Genial! Ahora empieza a diluviar. Pues no queda otra, inventaré alguna excusa y buscaré refugio ahí”.
Subí corriendo los escalones que llevaban a la puerta principal y toqué el timbre. Me llevó un par de segundos conectar el hecho de que no se viesen luces encendidas con la posibilidad de que no hubiera habitantes. A punto de dar la vuelta para regresar al coche, advertí que la puerta se empezaba a abrir. Un hombre mayor y enjuto emergió de la semi penumbra interior. Su pálida piel, cabeza calva y ojos hundidos bajo espesas cejas fueron el recibimiento que tuve. Parecía mudo, o se había quedado demasiado sorprendido o molesto como para decir nada.
Yo... perdone pero creo que el coche tiene una avería y ... mi móvil no tiene cobertura así que no puedo llamar a mi seguro —inventé sobre la marcha—. ¿Podría usar su teléfono, por favor? Es decir, si tiene uno.
El lejano sonido de un timbre telefónico, con el típico tono antiguo de película en blanco y negro, despejó mi duda. Al fin escuché la voz de aquel desconocido.
Puedes usarlo... cuando deje de sonar y sepa quién llama.
Tan pronto como se perdió en las sombras volví a oír sus sigilosos pasos.
La llamada es para ti.
Aquello resultaba casi más extraño que mi viaje mágico.
¿Disculpe? Debe de ser un error.
Me miró de arriba abajo y frunció el ceño.
Estás aquí por la oferta de trabajo, ¿no? Haber empezado por ahí. Lo de tu coche puede esperar. Acompáñame.
Lo seguí en estado de aturdimiento hasta un gran salón. Alguien estaba sentado junto a la chimenea, en el otro extremo de la mesa del teléfono, iluminado por el tenue reflejo de las llamas. No me apetecía saludar a un segundo desconocido, y él tampoco se giró para averiguar quién atendía la llamada.
¿Diga? —le dije al auricular en un susurro.
Una voz enérgica sonó en mi oído.
Buenas tardes. Me llamo Alejo Estefan, soy el dueño de la casa, encantado. Verás, le dije a mi secretario que estoy demasiado mayor para agotadoras entrevistas, así que lo mejor sería poner un anuncio junto con la dirección, y el primero que llegase, se llevaría el trabajo. Siempre tendremos ocasión de tomar las medidas oportunas si no nos satisface, ¿verdad? —dijo, terminado con una carcajada—. De manera que llamé a ver qué tal, y voilâ, así que enhorabuena, el trabajo es tuyo, querida. Estamos en contacto, que descanses.
No me dio opción a responder, de haber estado en condiciones de reaccionar: la señal de comunicando se mezclaba con el ruido de los ventanales aporreados por la lluvia. Lentamente alejé el auricular de mi oreja y colgué mientras repasaba lo que acababa de escuchar. El hombre mayor no se veía por ninguna parte y el ocupante del sillón junto a la chimenea parecía tan absorto en su lectura que mi presencia le había pasado inadvertida, o indiferente por completo.
La cálida luz que emanaba del fuego actuó como un imán sobre mis embotados sentidos. Me detuve cuando mi sombra se posó sobre su cabeza. El lector pareció despertar de repente; se levantó de golpe, dio la vuelta con la misma rapidez y dejó caer el libro entre sus manos al toparse con mi presencia.
Por todos los... ¿Se puede saber de dónde sales, como un maldito fantasma?
Estoy aquí por la oferta de trabajo.
La... ¿oferta de trabajo?
Alejo Estefan me acaba de decir—
Ah, vale, ahora lo entiendo. No, no quiero saber nada acerca de ese loc... acerca de mi queridísimo tío.
Recogió el libro del suelo y me miró fijamente mientras sacudía la cabeza.
Mira, no sé qué trama ni me interesa tampoco, pero lo mínimo que merezco es un poco de tranquilidad después de todo, así que recuerda, hagas lo que hagas, la última planta está prohibida para ti, es mía por completo, ¿entendido?
No me gustaban su tono ni sus miradas, pero decidí hacer una broma para romper el hielo. Parecía la mejor idea, a falta de práctica real en el mundo de las interacciones sociales.
¿Y eso por qué? ¿Está la loca de tu mujer escondida ahí arriba?
Levantó tanto las cejas que desaparecieron detrás de su rubio flequillo.
¿Cómo dices?
Sí, como en Jane Eyre, ya sabes, la novela de Charlotte Brönte.
Sé qué novela es. ¿Eres siempre así de ingeniosa, como te llames?
Si era aficionado a la lectura ya teníamos algo en común. Decidí ser civilizada, me vendría bien ampliar mi nulo círculo de amistades.
Ay, sí, no me he presentado. Todos me llaman Virtu —dije, esperando que no notase el intento de fingir que tenía cien amigos.
Hizo una pausa y me miró como si hubiese contado un chiste al que no pillaba la gracia.
¿Quieres decir que tu nombre es Virtudes?
No, no, viene de Virtual —respondí, sintiendo vergüenza ajena por los dos raritos que me habían tocado como padres.
Reprimiendo a duras penas una sonrisa burlona, se dirigió hacia la puerta y desde allí se giró un momento.
Yo me llamo Esteban, pero no me puedes llamar Este... Por cierto, curioso calzado.
Iba en calcetines, puesto que me había descalzado en cuanto llegué al apartamento. Regresé de golpe a la realidad: toda mi ropa estaba a muchos kilómetros de allí y tardaría en recibir la primera paga. El hombre mayor apareció con una hoja de papel y un bolígrafo.
El señor Estefan me acaba de enviar el contrato. Tu habitación es la de invitados aquí en la planta baja, la que está justo enfrente de esta puerta. Mañana podrás ver el resto de la casa. Aquí tienes una copia de la llave de la puerta principal, para que entres y salgas libremente.
Leí el breve contrato enseguida y se lo devolví firmado.
Por cierto, me llamo Amancio. Buenas noches.
Mi nueva habitación superaba en superficie a mi apartamento por estrenar. Era la primera estancia de la casa una vez traspasado el hall y su gran ventanal daba al exterior: el coche seguía en el mismo sitio. La decoración era sobria pero acogedora. Mis pies semi desnudos agradecieron el detalle del suelo de madera. Había poco mobiliario, con lo que el espacio parecía aún mayor. Sobre una mesa de nogal se veía un portátil de última generación y una pila de cuadernos, bolígrafos y lápices. El fuego estaba encendido en la chimenea del rincón. En el gran armario, por suerte, encontré ropa femenina de mi misma talla, incluso zapatos. Las prendas no casaban con mi estilo pero ya hubiese sido mucho pedir. Un pequeño pero completo aseo estaba en una sala anexa. Me tumbé en la mullida cama y sentí al fin plena relajación. Si aquella iba a ser mi nueva residencia durante una temporada, suponía un gran cambio con respecto a lo que me había ofrecido el destino hasta el momento.
Hasta ese día en que alcancé la mayoría de edad, mi vida había sufrido poca variación en su rutina diaria: horas y horas frente a la pantalla del ordenador o delante de algún libro, con pausas para resolver rompecabezas. Recordé la oleada de emoción y la pizca de miedo que me habían subido por el pecho en el momento en que Max y Estela cerraron la puerta para dejarme sola. Mi nuevo hogar no era un espacio mucho mayor que el habitual, pero sin ellos parecía enorme. No se me ocurría mejor regalo que un apartamento, por pequeño que fuese. Era la primera vez que adivinaban mis deseos, y el consejo de Max acerca de la oferta de trabajo también me sorprendió de manera grata. Aunque podía ser su manera de darme a entender que tenía que devolver a un tacaño crónico como él hasta el último céntimo invertido en aquel piso.
Esos dos habían llevado demasiado lejos sus teorías acerca de la educación en casa, con la excusa de sacar el máximo partido de mi cociente intelectual, que superaba los 250 puntos. El de Einstein era 180, y el de una camarera de Las Vegas, 238; el caso es que yo los superaba a ambos.
Seguí mirando al techo y rememoré una de las numerosas ocasiones en que, sin éxito, había tratado de obtener información del porqué de semejante existencia.
Pero mamá, ¿por qué no puedo ir al cole como los demás niños? He leído que el contacto social es esencial en nuestro desarrollo.
Necesitas educación especial. Y no me llames mamá, no somos tus verdaderos padres, no lo olvides nunca.
Cómo o por qué me adoptaron era un gran misterio. No mostraban instinto paternal ni se parecían a esos padres sacrificados y encantadores que salían en muchas películas; su único interés era convertir mi cerebro en una inmensa y orgánica enciclopedia. La utilidad de todo aquello estaba por ver, y yo me moría de ganas por cambiar de aires. El pequeño adosado del que apenas salía era ya una prisión insoportable.
No está mal, para ser un regalo, claro. A caballo regalado no le mires el diente ¿Pero en serio es para mí? ¿No hay truco? —les había dicho al entrar en el apartamento.
Por toda respuesta obtuve breves y frías sonrisas y una apresurada despedida. Yo también deseaba perderlos de vista y quedarme a mis anchas de una vez. Pero el destino me había llevado hasta aquella casa, habitada por desconocidos, a partir de un accidente paranormal. Tal vez el cambio sería demasiado radical como para salir airosa.